El Duomo, la Scala, La Última Cena… Milán cuenta con un puñado de lugares realmente reconocibles, cuyo prestigio está por encima de la propia ciudad. Así que, cuando se visita, es imprescindible echar un vistazo a la Scala, darse una vuelta por la Galería Vittorio Emanuele II y aparecer en la plaza del Duomo, donde espera la Catedral más deslumbrante de Europa (en el sentido más literal). Además de resplandeciente, el templo es realmente grande. No tengo muy claro si hay más gente dentro un sábado por la mañana o en un partido cualquiera de la Serie A en San Siro. El caso es que merecerá la pena soportar el gentío si el objetivo es subir a la terraza panorámica del Duomo, donde las vistas son fantásticas. En el Pase Milán, por cierto, está incluida la visita a todos estos lugares, además de descuentos en compras y restaurantes.

Además de lo obvio, conviene ampliar horizontes y prestar atención a lugares de Milán que no se encuentran tan a la vista. Ahí están los Navigli, un par de canales con bastante encanto que ideó Leonardo Da Vinci para transportar mercancías a la ciudad; pasear por Brera y comer en alguno de sus restaurantes; admirar los viejos tranvías que aún recorren la ciudad y, por supuesto, tratar de ser uno de los elegidos que contemple La Última Cena en el convento de Santa Maria delle Grazie. Después de esto, sólo sentirás un deseo más: vivir el ambiente de San Siro, otra de las grandes reliquias de Europa.

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