Y lo fue por varias razones. En primer lugar, por el 3-1, un golpe duro para el equipo de Guardiola, que estuvo una semana contra las cuerdas; luego están los portugueses, que se hacen querer. Un día y medio en Oporto es tiempo suficiente para descubrir que la simpatía, la humildad y la modestia son gratis; resisten a la peor de las crisis. Y, por supuesto, Do Dragao, un estadio moderno y acogedor, hecho de la medida del Oporto, en el que se respira un ambiente sensacional. El martes del Oporto-Bayern nos mezclamos con inmigrantes portugueses que regresaban de Burdeos, Ginebra o Berlín para estar junto a su equipo; hinchas alemanes que se tirarían por un puente si lo ordenara Guardiola; y padres e hijos que asistían, quizá por primera vez, a este gran espectáculo.

En otros posts contaré más cosas del estadio, dónde se encuentra y la manera de llegar a él desde el centro de la ciudad. Enseñaré la tienda oficial y el museo, los alrededores e incluso desvelaré algún pequeño secreto. Pero hoy no. Hoy tenemos que disfrutar del partido y respirar esa atmósfera tan especial que es capaz de crear la afición de Do Dragao.